ARMA DE DOBLE FILO

Las emociones son fuerzas impulsoras que bien encaminadas pueden servir de estímulo para alcanzar los ideales.  Así mismo, cuando no se orientan adecuadamente pueden ser nuestros principales saboteadores.  Al no ser conscientes de nuestras emociones y cómo operan en nuestras vidas terminan gobernándolas como una especie de corriente subterránea sin saber hacia dónde nos dirigen.   No se trata de reprimir las emociones, lo cual equivaldría a negar una dimensión muy importante en nuestras vidas. El horizonte es lograr integrar el mundo afectivo con el intelecto y la voluntad.

Un buen ejercicio de discernimiento intelectual es identificar de dónde provienen ciertas emociones.  Las personas impulsivas que dan rienda suelta a sus emociones, sin ningún filtro, pueden dañar las relaciones interpersonales.

Un examen cotidiano de nuestras emociones nos puede servir para evaluar hacia donde nos dirigen las experiencias que vivimos cotidianamente. Por ejemplo, una persona que guarda rencor en el trabajo se va alejando de los miembros de la organización, afectando sus relaciones interpersonales.

A su vez las emociones deben ser reguladas por la voluntad.  Imaginemos un trabajador que sea tan volátil que vaya variando su compromiso con su trabajo según su estado anímico.   El líder que actúa movido sólo por la variabilidad de sus emociones puede generar inestabilidad en el equipo de trabajo. Puede haber periodos en nuestras vidas que no percibimos las emociones o no tenemos motivación, pero ello no debe impedir avanzar en la dirección correcta.  Una vez conocido e interiorizado el valor que buscamos alcanzar no podemos depender de la experiencia sensible para actuar conforme a lo que sabemos es necesario.

El sentimentalismo, es decir dar rienda suelta a lo que sentimos sin ningún tipo de reflexión u orientación, afecta la percepción objetiva de la realidad, y nos impide tomar buenas decisiones.    Nuestro mundo emocional debe ir sintonizando cada vez más con nuestras opciones profundas, que dan sentido a nuestras acciones.  De esta forma se convertirán como un combustible que nos facilitan el caminar.   El deseo sincero por buscar el bien y la verdad son como dos faros que orientan las emociones en su recto sendero.

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