La espiritualidad en el trabajo

Es importante reconocer que las personas poseen una vida interior que nutre y es enriquecida por el trabajo para que pueda desarrollarse integralmente.    En una investigación realizada por la consultora Humane, con alrededor de mil trabajadores en más de 20 empresas, se les preguntó cuál era la principal expectativa personal. Más de un tercio de los encuestados indicó que lo principal en sus vidas era “tener una buena relación con Dios”.  En el diálogo con los participantes evidenciaron que éste era el fundamento para lograr sus otros anhelos como: el ser íntegro, tener una vida familiar armónica, servir a la comunidad y lograr la excelencia en el trabajo.

Como sabemos el ser humano es una unidad biológica, psicológica y espiritual cuyas dimensiones requieren ser  integradas y jerarquizadas debidamente.  Cuando esto no ocurre se produce un desequilibrio que afecta todos los ámbitos de la vida de la persona incluyendo el del trabajo.

Es paradójico que bajo el pretexto de la eficacia se abandonan espacios de intimidad y encuentro con Dios, que permiten sopesar y discernir las diversas situaciones con una mirada profunda.  Cuando se pierde el fin por el cual se hacen las cosas, el personal va cayendo en monotonía y pérdida del sentido del trabajo. En cambio, cuando se ponen los talentos personales al servicio de Dios y de los demás se enriquece el ambiente laboral.

La persona, con su acción, “no solo transforma las cosas y la sociedad, sino que se perfecciona a sí mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades, se supera y trasciende. Tal superación, rectamente entendida, es más importante que las riquezas exteriores que puedan acumularse”. (Concilio Vaticano II, GS35).   La personalización del trabajo ayuda al ser humano a que reconozca su deseo de querer “ser más”, y que vaya al encuentro de su identidad para que pueda desplegar sus dones y cualidades.

Muchos de los seminarios que se realizan buscan desarrollar “habilidades”, lo cual es valioso, pero si el proceso formativo  no está sustentado en un profundo cambio que vaya a la raíz de la persona de donde brotan nuestras acciones, el cambio será esporádico y no dará los frutos necesarios.

Uno de los gerentes de desarrollo humano de las principales empresas del Ecuador me compartía su testimonio: “Si no hubiera abierto mi corazón a Dios, sin ver que él actuaba, me hubiera dejado llevar por actos de corrupción que se dan en el ambiente laboral.”   Se trata de vivir coherentemente de tal forma que no hayan compartimentos estancos: por un lado la manera de comportarnos en el trabajo y por otro lado la manera de ser en la vida personal o familiar.

La espiritualidad de la acción permite tener una visión trascendente en nuestro quehacer, logrando así que toda nuestra vida esté nutrida de la presencia de Dios, entregándonos al máximo de nuestras capacidades y posibilidades en las situaciones concretas de nuestra existencia.

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