Trabajar sin desesperar

Es paradójico que en una época de grandes avances tecnológicos y de supuesto bienestar haya aumentado la sensación de sinsentido y depresión.  Para iluminar esta realidad es oportuno profundizar en la “acedia”, que viene del griego “akedia”  traducido en ocasiones como pereza, pero que tiene una dimensión  más profunda de apatía y desánimo hasta llegar a la desesperanza.

Como la describe Jospeh Piper, filósofo alemán del siglo XX, la persona afectada por la acedia no tiene ni el ánimo ni la voluntad de asumir las responsabilidades que trae la grandeza de su dignidad como persona; preferiría empequeñecerse para que Dios lo “deje en paz” y por ello la define como una “auténtica huida de Dios.”  Esto se evidencia en la visión negativa que muchas personas tienen frente a responsabilidades mayores que deben asumir; temen no estar a la altura de los diversos retos.

Lo opuesto a la “acedia” no es la laboriosidad.   Muchas personas trabajan simplemente para no pensar o no enfrentar la situación que les afecta.  El lema equívoco que muchas veces se usa en estos casos es: “Trabajar y no desesperar.”  Es decir, pareciese que basta ocupar el tiempo para darle sentido a la vida sin ir a la raíz de lo que suscita el problema.

El entonces Cardenal Ratzinger lo explica de la siguiente manera:  “¿No corremos todos el peligro de perder en el tráfago cotidiano la gracia de la esperanza? Mientras más se vierte nuestra vida hacia el exterior, menos la verdadera y gran esperanza puede hacerle el peso a los estragos causados por los cansancios de cada día. Poco a poco, éstos son la única realidad, la existencia se torna gris, las esperanzas se consumen, el optimismo inicial se agota y el mal humor se convierte en una forma disimulada de desesperación.”

La vivencia de la esperanza requiere tener una mirada fija en lo eterno, sin descuidar lo inmediato; requiere verse a uno mismo como Dios lo ve, y poner en ello la firmeza que sostiene nuestra vida en medio de las adversidades de la vida cotidiana.

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